Le señaló el interior de su casa. Esteban miró maravillado cada cuadro que adornaba las paredes, sorprendido por la cantidad de detalles que tenían. Miles de colores pintaban las escenas que retrataban las imágenes, y las observó hasta que su ahora padre le puso una mano en el hombro.
-Ven, te enseñaré tu cuarto.
Esteban le siguió, un poco más animado. Allí se encontró una habitación grandísima, llena de cosas que entendía que eran para él. Observó la ingente cantidad de libros en las estanterías, y se acercó corriendo hasta ellas. Edgar Allan Poe, J.R.R. Tolkien, Agatha Christie y miles de escritores conocidos reposaban allí, esperando a que algunas manos lectoras les cogieran con cariño. También habían libros de poesía. Al pequeño le brillaban los ojos.
-¿Te gustan los libros? -le preguntó Iker.
-Sí, me gustan mucho -le miró con los ojos llorosos-. ¡Muchas gracias! -se abrazó a él con fuerza.
Iker le acarició los cabellos rizados con lentitud, mirándole con una leve sonrisa. Podría ser un gran niño. Un gran hijo.

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